METALLICA – “HARDWIRED… TO SELF-DESTRUCT”

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En un nuevo amanecer para la música pesada en el que intrépidas bandas se atreven a redefinir el metal, ¿Cómo la banda más renombrada del género puede mantener su relevancia? A la velocidad a la que vamos y en la forma en la que la música de todo género progresa debemos preguntarnos si habrá un lugar en el futuro para Metallica fuera de los libros de historia. A este ritmo, dónde la definición del género continua expandiéndose en relación con lo que solía ser a principios de los 80’s, ¿puede Metallica mantener el paso? Hardwired… To Self-Destruct puede ser la respuesta.

Atrapando a los oyentes rápidamente, Hardwired… To Self-Destruct se abre paso reintroduciendo los mejores elementos de la banda. “Hardwired” y “Atlas, Rise!” son bestiales. Estallan de vitalidad. La primera es un ejemplo de cómo, después de tantos momentos de tormento, la banda logró trabajar como tal, esa conjunción que desde Master of Puppets (1986) no se escuchaba. Mientras que la segunda, es masiva, con grandes elementos melódicos y uno de los coros más pegajosos en todo el catálogo de Metallica. Los riffs de “Atlas, Rise!” tienen un impacto serio gracias a la batería de Lars Ulrich, que sin mucha novedad, sigue siendo la seguridad rítmica de la banda, mientras que el solo de Kirk Hammet es jactancioso y épico, dando a entender que la banda esta en el mismo barco remando hacia la misma dirección.

Pero entonces, las cosas comienzan a desmoronarse desde el núcleo del álbum. La voz de James Hetfield, por momentos, suena titubeante y evita que canciones cómo “Now That We’re Dead” se conviertan en clásicos. “Confusion” comienza queriendo ser un tema progresivo y complejo pero tropieza con su progresión de acordes fuera de lugar y a esto le sigue un paso en falso llamado “ManUNkind”, con corpulentos riffs bluseros y cambios de tiempo en los que pareciera que cada integrante de la banda pareciera estar en desacuerdo; es como si esta se constituyera de 4 ideas diferentes que no pudieron converger.

Desde ese punto, todo se convierte en un downhill. “Here Comes Revenge” sería una secuela sónica de “Enter Sandman” si no fuera por sus destiempos y decepcionantes crescendos. “Am I Savage?” y “Murder One” dejan atrás todo por lo que Metallica se convirtió en Metallica: La velocidad. La primera se aferra a un solo de Kirk Hammet que podría ser soberbio si no fuera por ese sonido inerme que lo rodea, mientras que “Murder One” podría pasar por un tributo a Mötorhead si sólo lo tocaran al doble de velocidad.

En casi 80 minutos, es comprensible que un álbum como Hardwired… To Self-Destruct tenga momentos de tranquilidad, pero se vuelve demasiado cómodo demasiado pronto, e incluso, sigue tropezando sobre sí mismo una y otra vez. Para cuando llegamos a “Murder One” nos surgen dudas sobre si Metallica sigue reconociendo su propio estatus, apostando por sonidos salidos del rock sureño.

Afortunadamente el arma secreta de Hardwired… To Self-Destruct se llama “Spit Out The Bone”, canción que casi manda todas las dudas sobre este álbum al olvido. Un sonido thrash glorioso lleno de velocidad y riffs que, sin duda, se escucharían mejor acompañados de esa distorsión que engalanó a la banda en los 80’s pero que tal vez dirija a Metallica en la dirección correcta para trabajos futuros. Así, “Spit Out The Bone”, cierra el álbum, tomando los acordes de apertura de “Hardwired” y acelerándolos con una precisión y melodía únicas. Su violencia y emoción cambian naturalmente al igual que los ritmos del tema y esto permite momentos fantásticos como aquellos en dónde Rob Trujillo canaliza a Lemmy Kilmister en un solo de bajo, demasiado bajo. Aquí se escuchan los solos más enérgicos de Hammet mientras que Hetfield se concentra en crear riffs reptantes que se dispersan a lo largo de la canción para mantener a los oyentes al borde de sus audífonos.

Es lamentable que una conjunción como esta se encuentre al final del álbum. Una canción que pudo haber sido el arquetipo para todo el sonido de Hardwired… To Self-Destruct, sin embargo, el combustible que se ha quemado en los corazones de incontables fans de Metallica durante décadas, seguirá siendo esa energía que la agrupación necesita para demostrar que la vieja maquinaria aún no esta acabada.

COHEED & CAMBRIA – “THE COLOR BEFORE THE SUN”

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Parece demasiado irónico, pero en este punto, el paso más novedoso y progresista que Coheed & Cambria podría dar en su carrera es retroceder un par de pasos. Desde su creación, la música de la banda siempre ha girado alrededor de The Amory Wars, historia escrita por Claudio Sánchez en la cual se describe un mundo de ciencia ficción, héroes y anti-héroes que han alimentado la cosmología de la música de la banda… Pero no más, en The Color Before The Sun y por primera vez, la banda ha escrito una colección de canciones independientes de la rica y extensa saga que por 7 álbumes acompañó al grupo.

En The Color Before The Sun, la banda se toma un poco más personal el papel que tiene dentro de sí misma y crea un álbum que brilla por su honestidad y frescura, al tiempo que que cuenta una historia a cerca de Claudio Sánchez de Nueva York y no de Coheed y Cambria Kilgannon de Heaven’s Fence. Este viaje comienza tomando en cuenta el contenido lírico de este disco. Aún dentro de The Amory Wars, las letras escritas por Sánchez se han basado libremente en experiencia de vida del vocalista, sin embargo en The Color Before The Sun observamos un disco honesto, enmarañado con las experiencias nuevas que Sánchez describe en este álbum como el convertirse en papá por primera vez o mudarse de la campiña neoyorkina a un apartamento en Brooklyn. Todo el entorno de Sánchez, principalmente, se volvió un periodo crucial de transición en su vida y en este álbum lo cuenta de una manera estupenda.

“Here to Mars” podría ser una power ballad que directamente Sánchez le canta a su pareja y de manera honesta, cruda y directa, él detalla sus sentimientos como antes lo ha hecho, sin embargo lo que resalta en esta ocasión, es que no es el héroe de The Amory Wars el que destapa su corazón, es Claudio, el hombre, aquel que en esta canción ha logrado crear un canto que a más de un enamorado le enchinará la piel.

En este disco parece que Sánchez, a momentos, tiene un conflicto interno entre el escapismo de esta nueva etapa y la aceptación de su nueva faceta (al menos en este álbum). “Colors” y “You got spirit kid” son dos canciones que predican el evangelio de aceptar las cosas como son y sacar el mayor provecho de esas experiencias, mientras que “Eraser” y “Ghost” son un escape físico para Sánchez y lo colocan dentro de una realidad que quiere estar sin estar, o tal vez a su manera.

La siguiente mitad del álbum comienza teniendo una actitud más vibrante y entregada, justo como la llegada del hijo de Sánchez, Atlas, que también funge como pieza central del nuevo propósito del frontman para llevar a nuevas alturas todo su trabajo musical. “Atlas”, canción dedicada a su pequeño, es un emotivo himno que retrata esa pertenencia del padre hacia al hijo y, cabalmente, dibuja la responsabilidad de la paternidad pero de una manera más natural.

Más adelante encontramos “The Audience”, una canción que podría ser dedicada a aquellos que los escuchamos, que los entendemos y entendemos. Esta canción es Sánchez y compañía en su estado más crudo y old school: Dinámico, áspero y contestatario. Ese estado que mantienen latente y que busca explotar en cualquier momento. Una valentía renovada que se encuentra en el núcleo de la banda y que jamás desaparecerá.

A pesar de sacar de la escena, con seguridad temporalmente, a The Amory Wars; Coheed & Cambria en The Color Before The Sun suena tan parecido a cualquier álbum de la banda que es reconfortante escucharlos. Mientras que las canciones son exponencialmente más sencillas no han arriesgado esa manera de acercarse a su propia música. Cada tema es inmaculadamente ejecutado y bien escrito. Sin duda no estamos visitando el mundo ficticio de Claudio Sánchez, pero estamos en el verdadero.