KEITH FLINT †

La primera vez que me enteré de la existencia de The Prodigy fue a través de una programa transmitido por Deutsche Welle TV llamado Big In Germany. Era conducido por un tipo llamado Ingo Schmoll que le sabía a eso de la música y siempre hacía un top de lo que sonaba en Alemania e Inglaterra por allá en 1996/7. Un buen día, sin comentar mucho, puso al aire el video de “Firestarter” y me voló la cabeza. De todo lo que sonaba en aquel tiempo, para mí, The Prodigy era una bocanada de aire fresco que cambiaba muchas cosas que creía o pensaba que conocía. Recuerdo que lo que más me llamó la atención fue el look de Keith Flint, era decadente, casi steam punk pero sin esa actitud de ir poco a poco desgastándose. A la fecha me sigo sintiendo de la misma manera cuando los escucho que cuando los escuché por primera vez.

En ese tiempo no sabía describir muy bien algo así, pero agresivo, corrosivo, energético y determinado son los adjetivos que se me vienen a la mente cuando se habla de Keith Flint y que hoy – por desgracia o gracia del maldito destino – se une a la cada día más creciente lista de artistas, cantantes, vocalistas, performers que por más de una razón que jamás conoceremos, deciden quitarse la vida.

La vitalidad de Keith Flint se esparcía a lo largo y ancho de The Prodigy, contagiando los beats, las secuencias y sampleos del grupo haciendo que el sonido de la banda, poco a poco, se transformaron en algo así como punk rock para la generación del rave. Bailarín principal del acto inglés, Keith Flint nunca concibió participar con su voz con la banda, sin embargo fue en Fat Of The Land (1997) que el mundo lo conoció. Envestido en una sudadera de la bandera de los EE.UU., bermudas viejas y sucias y su particular mohawk-with-a-twist, conocimos a Keith con “Firestarter”, canción y video que mostraba un aspecto decadente casi post-apocalíptico de una sociedad perdida que desperdiciaba las buenas costumbres para volver al punk que, en gran parte, forjó a la nación inglesa.

Proclamado punk, fanático de las motocicletas, responsable por establecer la credibilidad de la música dance de The Prodigy dentro del mainstream y hacer de The Prodigy uno de los más grandes actos en vivo en la historia de la música electrónica, Keith destilaba vitalidad, potencia y una energía inigualable en vivo que hacía sentir a sus fanáticos más allá de vivos.

Pero el frontman no solo transmitía su energía con The Prodigy, poco se conoce de su proyecto alterno Flint con el que únicamente lanzó un álbum – Device #1 (2003) – que tenía un acercamiento más directo al rock y punk, además de participaciones con Clever Brains Fryin’, y el acto de dubstep, Caspa.

Si por algo se le recordará a Keith Flint será por sentirse más que vivo sobre el escenario, por ser un “iniciador de fuego” y por que a quién lo reconociera fuera del escenario siempre lo recibía con una enorme sonrisa y agradecimiento por gustar de lo que hacía.

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FEVER RAY – “PLUNGE”

Un singular sencillo – “To The Moon And Back” – abre un misterioso video que furtivamente fue lanzado el viernes. Las primeras notas musicales de Fever Ray, ocho años después de haber lanzado su álbum homónimo, vuelven a converger con Karin Dreijer en el segundo disco de el proyecto independiente de la sueca. En Plunge, Karin esta transformada en una fiera en toda la extensión de la palabra. Su voz es cambiante y evoluciona dentro de un ambiente amenazante que lidia con el sexo y las relaciones, todo dentro de una fórmula de alquimia llena de un compromiso político casi inexistente. Al mismo tiempo, toda la atmósfera electrónica que llena a Plunge es implacablemente atractiva. “This Country” es errático y psicótico y por momentos nos recuerda a The Knife mientras que “IDK About You” se encapsula dentro de un jadeo femenino que se empareja con unas rítmicas percusiones que nos sugieren a Kraftwerk.

Plunge es como Fever Ray entra de nuevo al ojo del huracán, con esa manera peculiar de fabricar sonidos, dibujar emociones y desestabilizar el status quo con su aislamiento sonoro, sus letras llenas de detalles pequeños y preciosos y una paleta sónica muy temperamental que es discreta en comparación con su trabajo con The Knife.

Ocho años después, Plunge es una inmersión total al mundo de Karin fuera de The Knife, tal y como lo sugiere el título. Plunge es una arrolladora salida al mundo exterior de la intérprete. Rara vez un álbum ha sido tan adecuado para ser un lanzamiento sorpresa, y si uno pensaría que esto sacaría a cualquiera de su zona de confort, lo logra.

En sus letras, Dreijer aborda nuevos desafíos. A veces con gran alegría y a veces con precavida reticencia. Musicalmente ella mantiene el núcleo de su sonido, pero también, abraza nuevas oportunidades musicales que dan como resultado un álbum más ecléctico que viaja entre la extroversión e introversión, lleno de altos y bajos maravillosamente inquietantes.

Las canciones que abren Plunge – “Wanna Sip” y “Mustn’t Hurry” – son los primeros pasos en un baile incierto de ida y vuelta entre la curiosidad y la cautela. La tensión que se crea entre los temas expresa un anhelo lujurioso en la atmósfera que se energiza por los ataques sonoros de adrenalina y equilibrando esos momentos, nos envolvemos con “A Part Of Us”, tema que celebra la vida, el amor y la familia al paso que señala un cambio en las costumbres más arraigadas del ser humano social.

El oblicuo ensayo de Plunge va emparejado con la colaboración de la artista y escritora feminista, Hannah Black, junto a ella se crea un dúo que intenta reflexionar con el objeto de algunas de las canciones que es el amor mientras que el tema es la perdida. Estos chocan y dan como resultado este álbum. En “Falling”, una larga introducción atmosférica nos lleva a experimentar ritmos crujientes mientras que la voz de Dreijer se abre camino con incertidumbre sobre un lienzo oscuro y desconocido. Si este es el final de un viejo amor, o el comienzo de uno nuevo, o ambos, es una negociación emocional desencadenante y difícil, eso es lo maravilloso de Fever Ray, su filosofía llevada a la practica en cada canción.

En el corazón del álbum, hay una nueva energía alámbrica y orgánica. Una energía que es imposible de sofocar. Plunge se vuelve un instinto frenético, ansioso e inquieto. Se vuelve un nuevo ocupante de un nuevo cuerpo que busca encontrar la purificación emocional a través de las consignas potentes de una nueva voz. Esto es el cue para hacer inmersión en un nuevo amor liberador haca uno mismo, lleno de sonidos y artimañas que portan un brillo multicolor que no se escuchaba desde Deep Cuts (2003) de The Knife.

A partir de ese momento se produce una transición hacia un folclórico esfuerzo musical; entregándonos una desolada sensación que muta hacia un mensaje bastante simple que acompaña la gloria de Karin Dreijer. Alegría, miedo, humor, política, feminismo, sexo, lujuria, belleza y terror son esas características que hacen de Plunge una amenaza progresiva que sumerge a Fever Ray en el desorden del mundo para tratar de reorganizarlo y comprenderlo mejor.

BRAIDS – “DEEP IN THE IRIS”

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Sonidos monocromáticos y mucha humanidad, esas características son las que destacan en la más reciente producción de Braids, Deep In The Iris, donde una vez más la agrupación canadiense implementa de manera muy eficaz loops de percusiones electrónicas junto a una voz elástica y atractiva que permea a todo el disco de una esencia que dista mucho de lo inorgánico y transforma el escuchar este álbum en una experiencia envolvente y notable.

Deep In The Iris, en su primera escuchada, se siente un álbum que gradualmente llena sus sonidos electrónicos con marcadas tonalidades humanas. Entre guitarras y secuencias electrónicas, y la voz de Raphaelle Standell-Preston, la banda logra crear un balance dinámico que logra desviar la atención de detalles para escuchar toda la totalidad de cada canción que constituye al disco.

Mientras que Rhapaelle brilla con ese timbre peculiar, Taylor Smith y Austin Tufts hacen lo propio al llenar el recorrido de la interprete con marcados ritmos que suben y bajan de manera homogénea creando sonidos metálicos, suaves y llenos de sintetizadores; que por momentos, le dan un sonido synth-pop a esta producción. “Letting Go” es un claro ejemplo de una gran armonía que se ve bañada de un ritmo cadencioso que hace de esta canción un momento importante en la producción ya que es el track que abre a Deep In The Iris. Y Braids hace alusión a su manera de crear música al utilizar plantillas de sonidos pop en “Blondie” que se extiende con bucles claves de batería y breakbeats que le dan una regla básica al disco.

Deep In The Iris se siente más accesible y reinventa los trucos del género electrónico de los que la banda ha gozado tanto. Las letras específicas y la claridad de la voz de Standell-Preston da a el álbum una tracción humana inmediata. Debajo de ese brillo inicial, Braids ha acumulado un gran cantidad de complejidades sonoras que se transforman en un rompecabezas que nos toca a nosotros, los escuchas, desenredar.

CHELSEA WOLFE – “ABYSS”

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Si el dolor es belleza, entonces el abismo es el cénit de esta, la cúspide de la belleza idealizada que se observa al caer a través del abismo: Un agujero de ideas y sentimientos que se transforma en un vórtice que lo consume todo y que lo hunde en una enredadera de sonidos que se inundan de una variedad de estilos sonoros que resaltan la estructura de Abyss, la más reciente producción de Chelsea Wolfe.

Wolfe es una creatura bizarra, con una dirección musical que nos adentra en las profundidades de la intersección entre el doom metal y sonidos electrónicos experimentales que influencian la manera en la que la artista construye su música. Sludge, stoner, trip hop, folk y más son algunos de los estilos que brindan una textura única que se puede saborear en este material discográfico que no dista de ser bizarro, pero al mismo tiempo, melódico y, por momentos, muy “luminoso”.

Pain Is Beauty (2013) hablaba del amor idílico y Abyss habla de vivir en el abismo, en el olvido o en limbo. No hay arriba ni abajo, no hay emociones ni nada realmente fincado al realismo de la vida terrenal, sobretodo por que durante el proceso de grabación de este LP, la intérprete, sufrió de parálisis nocturnas; ese fenómeno que impide moverse, hablar o reaccionar, una experiencia que tal vez se asemeje a estar flotando en la inmensidad de un abismo letárgico que provoca la introspección.

El primer sencillo que se desprende de esta producción es “Carrion Flowers”, un engendro oscuro y anormal que se ve adornado por la dulzura de la voz de Chelsea Wolfe pero que tiene cambios erráticos en su rítmica y melodía; haciendo de esta canción, una oda a la desesperación y a la angustia. A este track le sigue “Iron Moon”, un tema que esta cargado de un stoner metal que casi llega a southern rock sin dejar de lado esos sonidos drone y folk que han caracterizado a la cantante a lo largo de su carrera. En este tema encontramos una influencia cercana al sonido de Neurosis, cosa que es lógica si consideramos que integrantes de la banda Russian Circles participaron en la grabación y producción de este álbum.

“Maw” es un tema que viene a cortar de manera tajante la dirección abismal que lleva Abyss en su ADN, con sonidos inquietantes, esta canción nos recuerda a esa forma en la que Chelsea Wolfe se expresaba en su anterior producción, Pain Is Beauty (2013), sin embargo esto no le quita el mérito a esta placa que logra ser la catarsis de una intérprete que se caracteriza por su peculiar creatividad. Pero una de las canciones que más destacan de Abyss es “Grey Days”, un tema que cuenta con una prodigiosa instrumentación y vocalización que funge como piedra angular del álbum, delimitando las propias fronteras que la intérprete se había marcado para darle cohesión y coherencia al color que el álbum lleva en toda su estructura.

No cabe duda que Chelsea Wolfe procura reinventarse en cada producción, y aunque Abyss no es mejor que Pain Is Beauty (2013), este logra destacarse por la madurez y la manera diferente en la que la cantante, ya de manera extraña, se acercaba a la manufactura de su música.